jueves, 2 de febrero de 2017

Una mañana en Ronchamp

Crónica de una visita a la capilla Notre Dame du Haut, de Le Corbusier. Además de apreciar una obra maestra, la excursión sirve para transitar por sitios alejados de los circuitos turísticos tradicionales.



Por Ariel Hendler para ArquiNoticias
Fotos: Yamila Garab

Incluir una visita a Ronchamp en un paseo por Europa requiere necesariamente diseñar al menos una parte del plan de viaje en función de ese objetivo. Sucede que este pueblo del Este de Francia no está cerca de ninguna ruta turística consolidada; pero una vez tomada la decisión optamos por hacer base en Belfort, pequeña ciudad provinciana a 25 kilómetros de Ronchamp y a una hora de tren de Basilea. La decisión se justificó también porque nos permitió conocer algo del país “profundo”, con su vida cotidiana poco glamorosa y su cielo libre de humo, ideal para ver las estrellas.

El pueblo de Ronchamp

Belfort no tiene infraestructura turística, ni casi tampoco donde alojarse; pero lo más sorprendente fue enterarme de que nadie, ni en mi hotel ni en la pequeña oficina de turismo de la estación de trenes, conocía ni siquiera de nombre esta meca arquitectónica que es la capilla Notre Dame du Haut. Y eso que toma apenas media hora llegar en tren hasta la ínfima estación de Ronchamp, no muy distinta a la de Plátanos en el ferrocarril Roca. Hasta ahí llegamos una mañana soleada de Primavera, tan temprano que no había nadie despierto a quién preguntarle el camino, aunque por suerte hay un cartel indicador: “Chapelle de Ronchamp Le Corbusier”. 


El camino a Notre Dame du Haut.

Salvo que uno haya ido en auto o tome un taxi -pero también para eso era demasiado temprano-, hay que caminar unos dos kilómetros en subida hasta la cima de una colina, por un camino asfaltado flanqueado por algunas pocas casas y mucho bosque. Un buen ejercicio, aunque quizás no para cualquiera, hasta que recién al doblar la última curva aparece ante la vista la capilla, semitapada por árboles, blanca y radiante bajo el sol primaveral. Llegamos primeros. Había algunos autos estacionados, pero eran del personal, y una monja que salía nos franqueó la puerta, a falta de sacristán u otro tipo de personal en la capilla. 

El nuevo acceso al conjunto Notre Dame du Haut.

Aunque el sendero de acceso se bifurca en dos direcciones, hacia la capilla de Le Corbusier o la ampliación proyectada por Renzo Piano para albergar a la comunidad de las monjas Clarisas, opté por ir de menor a mayor y ver primero la obra de Piano. Es una residencia para religiosas que mantiene su privacidad, y contiene también la nueva área de la recepción que todavía estaba desierta. Esta nueva construcción, escalonada y socavada en la colina, se había inaugurado apenas un año antes, y pudimos apreciarla sólo desde afuera, a excepción de un pequeño oratorio milagrosamente abierto. 


La ampliación de Renzo Piano.

Fue suficiente, de todas formas, para confirmar que el edificio está completamente camuflado y oculto a la vista a medida que uno asciende hasta el nivel de la capilla. Cuesta hacerse la idea de que un arquitecto estrella como el coautor del Pompidou haya concebido una intervención tan discreta y que ni siquiera parece nueva sino más bien atemporal: es parte del paisaje. 


La obra de Renzo Piano, socavada en la colina.

Por fin, subimos el último tramo de sendero que conduce a la entrada de la capilla propiamente dicha, en la fachada Sur, que es la primera que se ofrece a la vista y resume casi todo: cuerpo, campanario y cubierta. Después vamos a confirmar que esta vista es la más sintética y robusta, con la torre como un gran silo. Por ahora, la primera impresión es que, sin duda gracias a la inauguración por entonces reciente de la obra de Piano, la capilla lucía una blancura casi enceguecedora de pintura nueva, al menos en un día radiante como el que nos tocó. Para contrastar está el grueso techo de hormigón visto, con sus panzas inverosímiles. 


La capilla, desde el sendero de acceso.

Por lo pronto, como la entrada principal pintada por Le Corbusier está clausurada desde hace décadas, tenemos que dar toda la vuelta en el sentido de las agujas del reloj por la fachada Oeste, la más corta, ciega y con esquinas redondeadas, para entrar por la fachada Norte. Es decir, por la puerta de atrás, al menos según el proyecto original. No sé si habíamos planeado ver primero el interior, pero los senderos nos llevaron y nos dejamos guiar.


Interior de la capilla. desde el altar.

Aunque el sol ya está alto, al ingresar parece casi de noche, o al menos el atardecer, hasta que la vista se acostumbra a la semioscuridad propia de cualquier iglesia o catedral. De a poco, se impone la claridad tenue, escenográfica, que brinda la luz filtrada por las cavidades que perforan en forma aleatoria la fachada Sur; aunque también por las dos ventanas: una cuadrada en la fachada Norte, justo encima de la puerta de acceso, y una gran bisagra vidriada entre el muro perforado y el altar, que está sobre la fachada Este. El cielorraso convexo de hormigón domina la sensación espacial, aunque sin abrumar con su peso. Nos sorprende la presencia inesperada del color, ya que el propio Le Corbusier pintó un mural de colores vivos en el gran portón ahora clausurado (en rigor, también otro del lado de afuera), y los vidrios de las ventanas tienen un diseño mondrianesco, por decirlo así.


Luz filtrada desde el muro de la fachada Sur..

Al rato, salimos otra vez al sol y al césped, a dar la vuelta completa alrededor de la capilla. Resulta difícil llamar “parte trasera”  a la fachada Norte –por la que se ingresa-, aunque de hecho lo es, porque cualquiera podría pasarse horas contemplándola en perspectiva, con sus dos torres-lucarnas como chimeneas y la escalera de servicio a 45 grados pegada al muro: una imagen casi industrial. 


La fachada Norte.

Pero es imposible quedarse quieto porque la obra misma tiende a moverse y nos obliga a seguir su movimiento. Al caminar hacia la izquierda, el muro se corta en el punto donde se abre la gran galería semicubierta de altura completa que ocupa toda la fachada Este, y que funciona como una nave al aire libre protegida por una de las panzas de hormigón. Pero ahora, a la mañana, el sol le pega de lleno y no parece apta para la oración.


La fachada Este.

Desde donde estamos ahora es posible alejarse subiendo un pendiente como para tener una perspectiva de la capilla desde la altura, enmarcada por el paisaje verde y ondulado. Desde allí, salvo el techo, la capilla parece predominantemente ortogonal y, en conjunto, maciza y sólida. Hay que volver a acercarse y seguir caminando hasta dar la vuelta completa para llegar al encuentro irregular de las fachadas Este y Sur, que se curvan hacia afuera para formar una esquina en ángulo agudo, y donde las dos “panzas” del techo se unen apenas por un vértice. Es la imagen más difundida de Notre Dame du Haut.


Encuentro de las fachadas Este y Sur.

A esta hora, además, contrastan vivamente la fachada en sombra y la asoleada: todo un mensaje religioso. La visita termina apreciando desde un mirador el pueblo de Ronchamp y el paisaje rural. Al descender y volver a pasar por la ampliación, ya hay algo de gente en el hall de acceso. Allí hay también una pequeña tienda de souvenirs y una muestra con fotos de obra y planos tanto de la obra original como de la ampliación de Renzo Piano. Interesante, pero quizás redundante en este lugar e innecesaria en la era de internet. Empezamos a bajar la cuesta a pie. El sol sigue encendido.


Estación de tren de Ronchamp.


Torre-lucrna.

Fachada Norte y galería de la fachada Este.

Interior de la capilla.

Ampliación de Renzo Piano.

Una de las entradas a la ampliación.

Oratorio en la ampliación.

ubicación


street View

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